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Athur Hammerfall
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agosto 28, 2018
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agosto 29, 2018 - 12:56 am
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Nombre y apellidos: Athur Hammerfall
Raza: Humano.
Nivel de Rol: 2
Promoción: Inicial
Clase: Paladín
Género: Masculino.
Clan o Tribu: –
Edad: 18 años.
Clases de Prestigio a la que aspiras: Lo elegiré en el rol.
Facción: Alianza
Academia o maestro: Academia de la Luz sagrada.
Organización: Catedral de la Luz.
Altura y peso: 1’80 metros. 80 kilos.
Orientación sexual: Heterosexual
Creencias e ideales: Fe ciega en la Luz. Rectitud y honor ante todo. Como valores secundarios la humildad y el sacrifio.
Miedos: sentirse olvidado por la Luz.
Clase social: Baja.
Familia y allegados: Nadie.
Lugar de nacimiento y residencia: Nacido y criado en Villadorada.
Trabajo: Hijo de herrero, se gana la vida en una pequeña forja de la aldea.
Hobbies: Su tiempo libre lo dedica a orar y a entrenarse.

Descripción física: Lo primero que destaca al ver a este hombre es su complexión, forjada en el yunque. De facciones claras y ojos azules, hace que se te congele la sangre cuando te mira, pues su impertérrita mirada juzga a todo hombre o mujer al que mira.

Descripción Psicológica: De origen humilde, este joven es callado y reservado. Juzga duramente a todo aquel que infrinja las normas, ya sean humanas o divinas. Su mayor lema es “a Dios rogando pero con el mazo dando” y es su guía de actuación.

Biografía:

Nuestra historia comienza como todas las historias humildes. Hace 18 años, en medio de la noche, una tormenta azotaba villadorada. El ensordecedor viento, y el rugido de los truenos, disimulaban el llanto que salía de la choza anexa a la herrería. Pero cualquiera que escuchase con atención, se percataría de una peculiaridad. No era uno, sino dos los llantos que se podían escuchar.
Uno de ellos, perteneciente a un bebé recién nacido: el que ha de llamarse Athur, y será protagonista de nuestra historia.
El otro, de su padre, un envejecido hombre a causa del trabajo, que llora porque la luz de una nueva vida acaba de verse eclipsada, pues en un mismo momento ha pasado a ser padre y a ser viudo.
Este hecho marcará la juventud de Athur, pues sin madre, y con un padre sumido en su trabajo, el pequeño creció falto de cariño y de atención. Dedicando su tiempo a ayudar a su padre, bien atendiendo la casa, como aprendiendo el oficio de herrero.
A medida que crecía, se fue desarrollando como un fornido joven, mientras encontraba en la iglesia la falta de cariño que recibía en su núcleo familiar. De este modo, poco a poco fue aislándose del mundo que le rodeaba, para hablar a la Luz. Le pedía consejo, le contaba sus secretos y sus problemas y así era como hallaba consuelo para su fracturada alma.
Nunca había sido un niño problemático. No se pegaba con los demás niños, pero tampoco se granjeaba su amistad. Los días pasaban entre la herrería y la iglesia. Una de ellas educaba su cuerpo, y la otra su mente y si alma, ya que fue en la abadía local donde aprendió a leer, y leyendo obras sacras, forjó sus principios y sus ideales de bondad y de honradez.
A la sombra de estos dos edificios fue creciendo, hasta llegar casi a los 18 años. Athur se sentía exultante de felicidad. Este domingo se haría mayor de edad, y podría ingresar en la abadía. Su intención era abandonar la herrería y hacerse sacerdote. Un erudito dedicado a leer textos antiguos sobre santos y mártires. Llevaba tiempo intentando plantear este tema a su padre, pues este tenía la esperanza de que su hijo mantuviera el negocio familiar y siguiese forjando herramientas y armas, pero nunca reunía el valor suficiente para decírselo. Hoy lo haría al volver de la abadía.
Quizás abstraído en sus lecturas, o intentando retrasar el momento de enfrentarse a su padre, hoy se había hecho tarde y volvía a su casa en medio de la noche, con nubarrones negros cubriendo el cielo y amenazando tormenta. Al llegar a Villadorada, el primer relámpago iluminó el cielo, como una cicatriz de luz, que surcaba la cúpula divina, como si algo macabro o maligno hubiera fracturado la divina Luz. Un sexto sentido, o quizás la iluminación, le dijo a Athur que algo iba mal. Con el pulso acelerado, comenzo a acompasar su paso al ritmo de la lluvia, que pasó de chispear rápidamente a una intensa descarga de agua. Al llegar al hogar, empapado y sin aliento, descubrió que la puerta estaba abierta. Algo extraño a estas horas de la noche.
Al entrar en su casa descubrió a todas luces signos de lo que parecía haber sido una encarnizada pelea: muebles rotos, utensilios tirados por el suelo, y sangre, mucha sangre, salpicándolo todo.
Al fondo del humilde salón, iluminado por el fuego del hogar, un cuerpo yacía bocabajo. Athur no tuvo que girarlo para saber de quien se trataba. Un rugido gutural y atronador salió de lo más profundo de su ser. Un rugido que poco a poco se transformó en un llanto, y así, después de 18 años, Athur lloraba por segunda vez, también en una oscura noche, también bajo una negra tormenta. La primera mientras moría su madre. La segunda mientra moría su padre.
Abatido por el dolor, sólo la rabia lo impulsaba a actuar. La guardia local no logró identificar a los asaltantes, y nadie pudo hacer justicia por el asesinato. Por este motivo, Athur decidió abandonar sus sueños de retiro espiritual, para luchar contra aquellos que atentan contra la voluntad de la Luz. Se convertiría en paladín de la iglesia, y sería el más ferreo ejecutor de su voluntad.
Decidido esto, forjó una espada y una armadura en la forja de su padre, y con lo puesto, ya que poco habían dejado los asaltantes, se dirigió a ventormenta para presentar sus servicios al obispo.
Y aquí nos encontramos ahora mismo: en el puente de entrada a ventormenta, con la mirada fija y la mandíbula contraída, y con el firme propósito de defender al desvalido, y castigar al que haya osado atacarlo.

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