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[Relato] La Caza
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diciembre 4, 2018 - 2:17 pm
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La Caza

 

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Cubierto de la tormenta bajo una negra túnica, la sombra de un hombre parecía susurrar algo. Mas siquiera el más diestro de los elfos en esta labor podría haber escuchado nada. El movimiento de sus labios formaba parte de su memoria mecánica, el verdadero poder de sus palabras resonaban únicamente en su cabeza.
Cualquiera habría visto siniestra la forma de permanecer de pie, impasible, frente a la más absoluta nada, pareciendo esperar a alguien o a algo.

Sutilmente y sin previo aviso, el siniestro hombre realizó un suave barrido con su mano derecha, al mismo tiempo que sus labios cesaban en su movimiento. Allí donde había estado mirando la extraña figura, se fue revelando a la vista mortal la estructura de un edificio, de una casa.

Nada sorprendido, el hombre se adentró en la casa. Observándolo todo con ojos expertos, atento, al acecho de cualquier amenaza. Parecía estar buscando algo, pero no examinaba nada de cerca, una simple mirada parecía bastarle para cerciorarse de que no merecía su interés. Y así recorrió pasillos y habitaciones, hasta que al fin algo pareció llamar su atención.

Iluminada tenuemente por la luz que proyectaba su mano, una puerta levemente inclinada parecía dar a un sótano. La intemperie y los años habían hecho, sin duda, mella en el edificio. Pero la humedad y el desgaste no explicaban la naturaleza putrefacta que emanaba esta puerta.

De nuevo murmurando algunas palabras, mientras sacaba su bastón, se acercó a la puerta. Cuando calló, tocó con suavidad la puerta con el extremo de su bastón. Éste brilló con fuerza mientras la puerta crujía. De repente un chillido seco y aterrador invadió la habitación obligando a la figura a taparse los oídos. En apenas unos segundos la calma volvió a la sala y la puerta había quedado reducida a cenizas.

Dubitativo bajó el hechicero a aquel sótano tan fervientemente escondido. Nadie sabe que oscura maldición habría caído sobre el inocente que hubiera intentado abrir esa puerta por medios normales.

Alzó su mano para iluminar toda la sala y los horrores que escondía. Una auténtica sala de tortura y experimentación humana se hallaba en aquel sótano. El hechicero parecía impasible ante aquel espanto y fue directo a un anillo que descansaba sobre un estante. Parecía brillar para él.
Inspiró profundamente y lo tocó.

De repente todo se deformó a su alrededor, lo alcanzó una sensación de velocidad apabullante y un leve mareo que lo forzó a cerrar los ojos. Cuando el suelo volvió a ser firme bajo sus pies abrió los ojos.

La tempestad parecía que nunca había existido, pues se encontraba ahora en el exterior, sobre un césped muy verde y bajo la luz de un sol ardiente. Lo que vio fue un paisaje completamente distinto al que había llegado. Había sido trasladado, sin sorpresa para él, parece.

Nada más estabilizarse comenzó una vez mas a susurrar palabras inteligibles. El silencio y la tranquilidad fueron apartados por una exasperada voz.
–¡Aagh! ¿Tenían que mandar a uno de sus perros no? Esos malditos estirados del Kirin Tor no podían dejarlo estar, no. ¡Ellos… – Pausó su discurso para lanzar un hechizo que nuestro mago bloqueó sin perder su concentración – te mandan a ti –Sigue atacándolo– para molestarme! –
El rabioso mago era un hombre mayor vestido con túnicas rojas, que seguía hablando, vociferando contra nuestro protagonista mientras lo atacaba sin descanso con poderosas ráfagas de magia arcana.

–Lo siento mucho por ti “cazamagos”–Dice con rintintin– Pero no eres contrincante para mi. Te han enviado a morir, eso es lo que les importas. Envían a un mero peón a morir por sus errores.–

Mientras defendía sus ataques con gran esfuerzo, nuestro protagonista seguía murmurando y moviéndose, evitando ser alcanzado. La magia de su adversario era mucho más poderosa que la suya y le obligaba a retroceder cada vez que impactaban sus hechizos, sin darle respiro para huir o siquiera contraatacar.

–¿Y encima no hablas? ¿Pretendes ganar tiempo para que lleguen refuerzos? ¡Estúpido! Te mataré y si esos viejos tratan de poner un pie en esta isla me desvanecerse ¿O crees que no tengo un plan de huida? Tan solo tú no mereces la pena– Reía enloquecido– Ya me has aburrido, peón– Al decir esto su báculo brilló con una luz amenazante y de él surgieron llamas.

Al fin dejó de murmurar. Ante sus ojos tres enormes lenguas de fuego se alzaban en las alturas dispuestas a reducirlo a cenizas, pero tan sólo sonrió.

–¿Por qué crees que nos llaman cazamagos?– Rompió su silencio a la vez que el anillo que portaba brillaba con fulgor.

Ante la estupefacta mirada del oscuro hechicero, numerosos miembros del Kirin Tor se aparecieron en la isla. Inmediatamente extinguieron las llamas con una magia experta.

–¡Aagh! Tal vez hoy te has salvado, estúpido. Pero no has cazado nada– Tomó un traslador que guardaba en su túnica y lo usó.

Ante los ojos de todos los magos ahí reunidos, se materializo un brillante muro antes invisible que parecía estar alimentado por el bastón de nuestro protagonista.

Como un chispazo, la sombra del delincuente chocó contra el muro y el oscuro hechicero cayó derrotado sobre el suelo. Inmediatamente los magos lo inmovilizaron y trasladaron a un lugar seguro.

–Buen trabajo, Bast– Tras decir esto el archimago que portaba el tabardo del Kirin Tor se desvaneció. Siendo él el último de los suyos y dejando solo Bast.

Miró alrededor, observando lo que había conseguido. Sabía que estaba muy por debajo en magia de combate respecto a su enemigo, pero había conseguido aguantar lo suficiente para poder realizar una protección antihuida sobre la isla. Inspiró y empezó a preparar su propio teletransporte. Aún quedan muchos magos oscuros que cazar.

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